“(…) no devenimos madres necesariamente cuando parimos al niño, sino en el transcurso de algún instante de desesperación, locura y soledad en medio de la noche con nuestro hijo en brazos. Cuando la lógica y la razón no nos sirven, cuando nos sentimos transportadas a un tiempo sin tiempo, cuando el cansancio es infinito y sólo nos resta entregarnos a ese niño que expresa nuestro yo profundo y no logramos acallar, entonces nuestra madre interior ha nacido.”

Laura Gutman

domingo, 18 de abril de 2010

Pasión por las excavadoras

¿Qué es lo que hace que un niño se decante por uno u otro juguete?
Día a día me doy cuenta de que, si dejamos a los niños libres en su hora de juego, si no les imponemos normas y criterios que, a priori, están relacionados con uno u otro sexo, ellos deciden, por sí mismos lo que les gusta o no, sin importarles si esto o aquello es "de chicos" o "de chicas". Y estoy convencida de que esto es muy sano para ellos.

Su inocencia y su mente límpia, no permiten que tengan cavida las palabras "machismo" o "feminismo". ¡Qué envidia! ¿No os parece? Hacer las cosas porque te apetezca hacerlas, sin ser juzgado por ser hombre o mujer, hacerlas porque te sientas capacitado para ello y no porque la sociedad te ha ido imponiendo ciertas cosas que debes y no debes hacer porque se presupone que está mal visto.

Mucho tendriamos que aprender de los niños.

A Aroa le encantan los bebés, pasearlos en la sillita, desvertirlos (vestirlos ya no tanto, que es más complicado y mamá lo hace mucho más rápido), darles de comer. Es la típica niña que se pone los zapatos de mamá (bueno, los de papá también), hacer como que se echa cremas a la cara y se pinta los labios, mirarse y remirarse en cada espejo que encuentra, etc.

Y mamá piensa "¡La que me espera!", que esta niña va a ser de esas tan coquetas que se miran hasta en los charcos de la lluvia, de esas que necesitan un modelito diario para subsistir y no sé cuántos potingues que llenen los cajones de la cómoda de su cuarto.

Y de repente llega un día en que sorprende a mamá con una pasión desenfrenada por las excavadoras. Hasta tal punto que papá y mamá han tenido que comprarle una "súperexcavadora" (como la llama ella), con la que pasa largos momentos jugando, haciendo ese ruído característico de "brrrrrrrrrrrrrum" que papá le ha enseñado y saliéndosele la saliva por la boca.
Y no hay excavadora que se le escape por la calle, aún paradas, sin hacer ruido alguno, es capaz de encontrarlas todas. Es como si las oliese en la distancia. Entonces hay que detenerse para que pueda contemplarlas en todo su explendor, para que pueda recrearse en cada uno de sus recovecos: la cabina del conductor, la extraña pala con sus imponentes dientes, las ruedas gigantescas cubiertas de barro ... todo esto se refleja de forma divina en sus ojos verdes y cobra una nueva dimensión. Ya no es una excavadora cualquiera. Es LA EXCAVADORA.

Y papá y mamá que se imaginaban a su niña vestida de princesa color de rosa. Y de repente la ven enfundada en un mono cubierto de polvo, un casco y unas botas de seguridad, manejando los mandos de un vehículo amarillo que está recogiendo tierra de la calzada. Papá y mamá están contentos con esa nueva imagen. Y no pueden menos que sonreír y estar felices. Felices porque su niña está descubriendo todo aquello que la vida pone delante de sus ojos, sin etiquetas de ningún tipo que contaminen sus horas de juego.

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